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domingo, 11 de diciembre de 2011

Gilles Deleuze y la lógica de Lewis Carroll. Sobre jardines y laberintos

En la “Lógica del sentido” Gilles Deleuze realiza un pormenorizado análisis del papel de la lógica en la obra de Lewis Carroll, también confiesa abiertamente que de Charles Lutdwidge Dogson (nombre real de Lewis Carroll) se ha dicho casi todo en relación a su obra, como aquí se indica:

“La obra de Lewis Carroll tiene de todo para satisfacer al lector actual: libros para niños, preferentemente para niñas; espléndidas palabras insólitas, esotéricas; claves, códigos y desciframientos; dibujos y fotos; un contenido psicoanalítico profundo, un formalismo lógico y lingüístico ejemplar. Y más allá del placer actual algo diferente, un juego del sentido y el sinsentido, un “caoscosmos”. Pero las bodas del lenguaje y el inconsciente se han enlazado y celebrado ya de tantas maneras que es preciso buscar lo que fueron precisamente en Lewis Carroll, qué han reanudado y lo que han celebrado en él, gracias a él.”


(Gilles Deleuze, “Prólogo. De Lewis Carroll a los estoicos”, Lógica del sentido, página 7)


Forma y fondo en la obra de Carroll


No obstante, cabría añadir que se ha dicho mucho, en efecto, pero que la riqueza formal y de fondo de esa obra la acerca mucho a aquello que conviene a la textualidad –el análisis de un texto a partir de la íntima fusión de forma y fondo-, desde luego no es posible acercarse a nada de la obra de Carroll, para hacer un análisis, y quedarse en lo interpretativo a secas,  o en lo hermenéutico –entre otras cosas ¿resulta lógico buscar un sentido original a las palabras de Carroll?


Creemos que no, contextualizar respecto a la época tal vez, buscar la ontología de un texto que presenta tantas, tan variadas y al mismo tiempo es… tarea de los habitantes del País de las Maravillas, es decir, de locos- ni siquiera en la literalidad –y, tal vez sea eso más apropiado que cualquiera de las otras dos opciones aplicado… solo a su dimensión de cuento infantil, nunca a las demás-. A la obra de Carroll hay que acercarse desde la metalingüística, añadiendo, además, que nos encontraremos siempre con múltiples posibilidades, todas lógicas, y todas diferentes.


Las trampas de la lógica carrolliana


Es cierto que si nos dejamos atrapar por una de esas opciones es muy posible que… nos envuelva la paradoja, invariablemente será una paradoja lógica, también habrá habido una celada previa, nada habrá quedado al azar excepto la mayor o menor ingenuidad de quién caiga en esas trampas. Sin ir más lejos, Alicia es mucho más capaz de salir de esas trampas que Áquiles, que aún debe estar encima de una paciente tortuga cada vez más plana y que se expande hacia el infinito:


“Ya veo", dijo Aquiles; y había un toque de tristeza en su tono de voz.


Aquí el narrador, que tenía urgentes negocios en el Banco, se vio obligado a dejar a la simpática pareja y no pasó por el lugar nuevamente hasta algunos meses después. Cuando lo hizo, Aquiles estaba aún sentado sobre el caparazón de la muy tolerante Tortuga y seguía escribiendo en su libreta de apuntes que parecía estar casi llena.


La Tortuga estaba diciendo, "¿ha anotado el último paso? Si no he perdido la cuenta, ese es el mil uno. Quedan varios millones más todavía. Y le importaría, como un favor personal, considerando el rompecabezas que este coloquio nuestro proveería los Lógicos del siglo XIX. ¿le importaría adoptar un retruécano que mi prima la Tortugacuática Artificial hará entonces y permitirse ser renombrado 'Aquiles el Sutiles'?"


"¡Como guste!", replicó el cansado guerrero con un triste tono de desesperanza en su voz, mientras sepultaba la cara entre sus manos. "Siempre que usted, por su parte, adopte un retruécano que la Tortugacuática Artificial nunca hizo y se permita renombrarse 'Tortuga Tortura".


(Lewis Carroll, “Lo que la Tortuga le dijo a Aquiles”, 1894)


Por la sencillez a la paradoja y…Per ardua ad astra


La sencillez es la grandeza de Carroll, porque con sencillez –y complacencia, cosa que atacaba a los muy atacables nervios de Antonin Artaud- es capaz de mostrar los más intrincados laberintos lógicos y regodearse una y otra vez en lo paradójico –era la “fecalidad” que le reprochaba Artaud, o, mejor dicho, el regodeo en la misma era lo que le reprochaba, sin entender, por lo demás, que la angustia que le atormentaba no era exportable a Carroll-.


Carroll traza sus laberintos, siempre los hay en cualquiera de sus obras, pero casi siempre hay una salida –como descubre Alicia-, pero si uno no la encuentra o es lo bastante incauto para seguir lo aparente –creyendo que ha descubierto la misma-, se verá atrapado en el tiempo entre dos relojes averiados o encima de una paciente e infatigable –en su paciencia- tortuga.


¿Por qué escapa Alicia y no Aquiles? Pues porque en la primera se unen el pragmatismo y la ausencia de malicia, combinación que le permiten tanto estar segura de sí misma –tenga o no tenga motivos para ello- como afrontar cada situación buscando la vía más directa, más sencilla. Alicia sencillamente asume el “caoscosmos” –al que expresivamente se refiere Deleuze-, sin más, una vez asumido eso va de un sitio a otro afrontando las cosas de la forma más práctica posible, es decir, intentando utilizar el sentido común.


La no sofisticación de Alicia es su “salvavidas” en el muy sofisticado “caoscosmos” de Carroll. Pero incluso Alicia tiene dos opciones, un poco, cual gato de Schröndiger o de Cheshire, utiliza las dos, esas dos opciones son: afrontar las cosas y…dejar que fluyan –aceptar que el “fluir” forma parte de la naturaleza de las mismas.


Aquiles, sin embargo –o el anónimo protagonista de los “Los dos relojes”- quieren ir más allá, por una parte caen en algo tan obvio como es agarrarse a lo evidente –lo cual resulta tautológico, aquí comenzamos con la complejidad y las trampas-, por otra pretenden ir “más allá” en sus cálculos de quién les ofrece amable y cortésmente la entrada… al laberinto –a la paradoja-, por ejemplo, una sencilla y cortés “tottuga artificial”.


Aquiles piensa que el laberinto no es un laberinto y que puede entrar en ese jardín pues la salida parece vislumbrase desde la misma entrada. Alicia hubiese visto la entrada y un laberinto, debido a su ausencia de malicia, que no la empuja a vencer a nadie –ni tan solo a convencer-, y su pragmatismo la hubiese llevado o bien a evitar el laberinto o bien… a cortar el ajardinado seto de las paredes y salir del mismo –aunque eso implique hacer volar todas las cartas del reino de los naipes, o tirar las piezas del mundo del ajedrez-. Lo que no hará nunca es… dejarse atrapar.


Mientras tanto, Aquiles, aún sigue encima de la tortuga… es lo que tiene desafiar a la lógica, la de Zenón de Elea, por ejemplo, uno puede eternizarse encima de una tortuga…


Pero tanto Aquiles como el protagonista de “Los dos relojes” tenían una salida, era muy sencilla y muy lógica: no entrar.


Lo que siempre tiene la lógica del sinsentido de Carroll es una cosa, se trata de sentido de la lógica.


Bibliografía


Carroll, Lewis: Alicia en el País de las Maravillas, Ed. Cátedra.


Carroll, Lewis: A Través del Espejo, Ed. Cátedra.


Carroll, Lewis: Lo que la Tortuga le dijo a Aquiles.


Carroll, Lewis: Los dos relojes.


Deleuze, Gilles: Lógica del sentido



Jorge Romero Gil



El Lenguaje: deconstrucción, convención y abstracción.


Si se permite el símil la deconstrucción es al lenguaje (y a la filosofía) lo que lo cuántico a la física. “Desmenuza” las cosas y las observa, al observar las modifica y, al modificar, crea ya que…cambia las estructuras y los parámetros de los significados –por acción del observador, con independencia del significado primigenio que pudiera tener la “cosa observada” en sí-. Por eso la deconstrucción arremete contra lo ontológico, porque cuestiona el “ser” del contenido centrándose en la variación del mismo desde el momento que aplica nuevas o distintas interpretaciones al “continente”, lo que en términos lingüísticos significa tanto como entender que en realidad…no existe un significado “verdadero” ni siquiera en…su “verdadera” concepción original.

En ese sentido todo significado es una convención, y como tal convención una abstracción que, por otro lado, puede variar. Así se cuestiona el “ser”, pero no tanto “el ser” como el “cada ser” de cada significado –se va a la estructura de los mismos-. Asignando “polisignificados” no sólo a cada cosa sino a cada lectura y a cada interpretación. Porque no hay “una” deconstrucción sino “deconstrucciones”. En ocasiones se ha identificado “deconstrucción” con “destrucción”, no es exacto –por no decir directamente que no es así-, dado que al “deconstruir” cada cosa se crea otra. En el lenguaje cada nueva interpretación, cada nuevo matiz, cada nuevo significado diferente al del origen de la palabra, cada nuevo sentido es…un acto creador, pues genera cosas. Volviendo con ello a aquel antiquísimo postulado que sostenía que “el nombrar es crear”. En cierta medida se cierra el círculo y nuevamente se produce la paradoja.

Deconstrucción y ontología. 

La deconstrucción es la negación de la ontología de las palabras en cuanto “ser”, manteniendo, eso sí, el “estar”, Significa que los términos “no son” dado que su significado cambia al margen del que tuviesen o les fuese dado inicial y originalmente. Cambia ante cada uso, ante cada lectura, ante cada interpretación. La deconstrucción no solo consagra los “polisignificados” sino que genera, al “renovar” en cada caso los términos, “neosignificados”, que también son plurales porque como se ha dicho no hay desconstrucción sino deconstrucciones. Las palabras, pues, “están” pero “no son”, dado que cambian aquello que son constantemente… por acción del observador.
 
Se trata, también, de una respuesta, una respuesta a…la imposibilidad de alcanzar una respuesta a la pregunta “¿qué es?” Eso pone en marcha todo el mecanismo sobre el que reflexiona Derrida.

Se presta atención pormenorizada –de ahí lo del “desmenuzamiento”- a cómo el texto se escribe, a cómo cada término se fórmula o…se puede formular.

Es un método variable, pues no hay una sola deconstrucción igual, cambia con cada término, con cada texto, con cada autor. No se busca la totalidad de un sentido –no tiene finalidad hermenéutica-, al contrario, al buscar la pormenorización busca la diseminación -”dissémination”- del sentido en sentidos, no la totalidad sino…las partes, y lo que cada una de ellas pueda significar. Si hay un sentido de “totalidad” no es porque el texto lo “tenga” sino porque se le “da” como… se le puede dar otros.variando el texto en sí –sea por traducciones, sea por exégesis, sea por notas de edición, sea por…lo que sea, en definitiva: por la acción de un observador-. 

Los puntos de diseminación de un texto es justo lo que impide la posibilidad de otorgar un sentido total o unitario al mismo, un sentido “cerrado”. Y esa imposibilidad no es elemento sobrevenido a la escritura sino que forma parte de su esencia, está en su naturaleza, en su mismo origen, que no puede ser el de algo “cerrado” por cuanto es “convención”, por tanto “artificio” conceptual, que, en cuanto “abstracción” puede cambiar y modificarse incluso respecto a…la “abstracción” original.

Si la hermenéutica busca cerrar la totalidad mediante la reconstitución de un supuesto sentido original –por ello siempre alude al contexto original, como si ese contexto original fuese el único posible, aún más “el verdadero” del texto- cerrando las puertas a un ciclo de renovación vital del texto –pues éste “se congela”-. La deconstrucción busca e incide sobre la ausencia de sentido originaria, niega un sentido “único” –digamos que el “copyrigth” del origen en cuanto sentido cerrado, total y exclusivo posible-. 

Esa ausencia de “unicidad” de sentido, ese mostrar los cambios y entenderlos como consustanciales al texto, abre la lectura, abre el texto, haciendo posible así una “renovación vital del mismo”, permitiendo el inventar sobre él y que el texto se invente a sí mismo. En definitiva: un desarrollo y un devenir propio.

Deconstruir consiste, por una parte, en desmontar (que no destruir) algo que se ha realizado, que se ha erigido. Pero, por otra parte, eso no se hace así con la intención de destruir el “edificio” que se aborda. Sino para buscar y encontrar sus fundamentos, ver cómo se ha hecho el “edificio” –su estructura, en que se basa o asienta ésta-, ver cuales son sus partes y como estas se unen y encajan Por un lado se busca así la estructura subyacente y como ésta está formada, por otro lado, al hacer eso, se muestra también cuales son las tensiones –las “fallas”- no controladas que presionan esa estructura.

Creación de categorías

¿Podemos entonces enlazar todo esto con la convención y la idea de abstracción? ¿con la idea de “nombrar” como “generar”? Hagamos la prueba a título especulativo.

Agrupamos las cosas según las “categorizamos”, luego…según una convención. Son nuestras categorías, nosotros las establecemos y ¿en base a qué? en el fondo, en base a una abstracción. 

Una convención no deja de ser una forma de abstracción, ¿para qué nos sirve? pues para lo mismo que nos sirven las abstracciones: para interpretar la realidad que nos rodea (ergo es una forma también de crear una realidad), a partir…de las categorías que otorgamos (que es lo que materializa la interpretación, y que se basan en “abstracciones de partida”, diría que funcionan en cierta manera como axiomas). 

Eso también es lenguaje, es más, es una de las funciones del lenguaje (por otra parte tampoco es algo nuevo, primero los sumerios y después los hebreos tenían a las palabras en alta estima, pienso que en gran medida acertaban).

Lo que se está diciendo, es que la diferenciación la establecemos arbitrariamente -como podría establecerse también la semejanza, exactamente con los mismos argumentos, aunque, obviamente, con diferentes elementos a presentar- ¿y en base a que se establece?: en base a una cuestión cultural y…abstracta. 

Entre otras cosas porque los datos “objetivos” están ahí, pero la elección, categorización e interpretación de los datos…la hacemos artificialmente (quiero decir que la hace quién la hace), es una subjetividad la que se aplica en ello, luego alguien hace una elección subjetiva, luego la distinción es cultural porque obedece a criterios culturales en su fondo. ¿En última instancia no es toda categorización arbitraria?, se diría que al menos es abstracta. 

Por ejemplo, la diferencia entre hombre y mujer la marcan nuestras categorías. En última instancia (repetimos: en última instancia) somos nosotros los que creamos esas diferencias al señalarlas como tales para definir (y diferenciar) el concepto. En cierto modo somos una abstracción autodefinida (o bien nuestras definiciones nos convierten en abstracciones).

La interpretación

Lo que no es objetivo es la interpretación de la diferencia (o de la similitud), y, otra vez, en última instancia, lo que es semejante o diferente (lo que es una cosa u otra) lo “categorizamos” nosotros.

¿Qué es la realidad? no ha mucho he leído en una parte algo que ya había leído en otra ocasión: que la existencia de algo depende de la existencia de su observador, a eso añadiría que también depende de la interpretación del observador –que le da forma mediante la interpretación-, y aquí es donde entran la interpretación y la categorización, porque van de la mano.

En última instancia una mujer es una mujer y un hombre un hombre porque previamente hemos definido –ergo, categorizado, ergo interpretado- lo que es un hombre y lo que es una mujer, y eso viene dado por nosotros no por la biología –que a su vez observamos, interpretamos y categorizamos, de hecho nosotros hemos inventado también a la biología…como cualquier otra cosa-, luego en última instancia –o primera según se mire, ya se sabe que los últimos serán los primeros, según se dice en alguna parte- creamos la diferencia –la categoría- al señalarla para definir el concepto, y eso es un proceso de abstracción no “la realidad”, porque nuestra realidad sin nosotros no existe, al menos no es nuestra realidad -¿existirá el mundo cuando yo muera? para mi…no, ni existiré yo ni existirá el mundo-.

Sin mi, sin los lectores, sin los vecinos…, no existen los animales –porque ¿lo animales saben que son animales? ¿de verás?-, no existen los planetas -¿saben los planetas que son planetas?- no existe el Universo -¿sabe el Universo que lo es?-, no existe…nada, nada de lo que conocemos, lo que exista, si existe, será otra cosa y dependerá de otra cosa.
La diferencia entre las cosas la creamos nosotros, la naturaleza crea algo que nosotros diferenciamos y llamamos y definimos al hacerlo, la naturaleza tiene sus funciones, nuestras diferencias las nuestras.

¿Alguna clasificación no depende del criterio del clasificador? ¿alguna clasificación se da por sí misma?. 

Pasemos a otra cosa, el capricho, ¿una convención no es arbitraria? ¿sí es arbitraria no es caprichosa? ¿y una clasificación no parte en última instancia –o en primera- de una convención? luego ¿no parte de un capricho?. No estoy diciendo que la idea de convención sea absurda, digo que es arbitraria, digo que no tiene más base que la que nosotros le damos, luego es una abstracción, nuestra abstracción. ¿Qué hacemos clasificaciones que nos resultan funcionales? ¡qué duda cabe!. Todos los elementos significativos son significativos porque se les carga de significado y ¿quién carga los significados? nosotros nuevamente. ¿Es eso molesto o incomodo? espero que no mucho.

Si un niño diferencia las diferencias es porque ya le han enseñado a diferenciarlas, ya está en ese proceso, se llama educación –no me refiero solo a la escolar-, el niño no nace conociendo diferencias-. Las diferencias que nosotros definimos –luego creamos- también las interpretamos y, también, podemos valorarlas, pero todo el proceso, todo, es pura abstracción, no viene dado por sí mismo ni por nada externo a nosotros.

“No cabe esperar ninguna definición mínimamente razonable de la realidad que nos rodea”
(Albert Einstein). 

La cuestión, es saber no solo si existe la realidad al margen del observador sino el papel del observador en esa realidad, es aquel viejo problema del gato de Schröndiger, o el de la rama seca que cae en un paisaje solitario, eso es lo que planteo –tampoco soy muy original, ese planteamiento ya se hizo y se hace, solo me sumo a él-.

Vayamos con el nombrar, la categoría existe porque previamente existe aquello que se categoriza, pongámoslo a la inversa ¿sino existe la categoría se puede categorizar algo dentro de esa categoría? Lo dejo solo en pregunta, evitemos los bucles ya que los hemos rozado lo suficiente. La abstracción en este caso se crea sobre algo, el género humano, que a su vez puede –y digo "puede", no digo "es"- ser una abstracción.

Se puede dar al conjunto alguna característica propia y no dependiente de los componentes del mismo, de hecho casi se diría que se puede dar vida propia al conjunto en cuanto totalidad al margen de sus componentes, digamos que no comparto esa idea: el conjunto no es otra cosa que sus componentes y…lo que éstos –si tienen capacidad de observación y generar abstracción- quieren que sea. 

Jorge Romero Gil


sábado, 10 de diciembre de 2011

Reflexiones sobre el lenguaje: El episodio de la merienda del Sombrerero



Charles Lutdwidge Dodgson (Lewis Carroll) muestra su ingenio e inteligencia a lo largo de toda su obra, todas ellas aportan no algo sino mucho digno de conocerse, y también aportan una enorme variedad de perspectivas y de senderos posibles a la hora de seguir su obra. Dodgson lo hace en cada una de sus obras, no solo en Alicia, en “Lo que la tortuga dijo a Úlises”, en “Fantasmagoría”, en cualquiera de sus textos, esa habilidad hace que el nombre de Lewis Carroll (el pseudónimo literario de Charles Lutdwidge Dogson) sea sinónimo de calidad. ¿Por su nombre? No, por su labor, aquí labor y nombre se funden de manera que una y otra cosa significan calidad. 

Una merienda

El episodio de la merienda de Alicia, la Liebre Marcera, el Lirón y el Sombrero, en "Alicia en el País de las Maravillas", de Lewis Carroll, contiene, entre otras muchas cosas, un desarrollo de la lógica que sirve para ejemplificar el conceptualismo y el nominalismo.

En puridad, Charles Lutwidge Dodgson, no se inclina aquí por una cosa o por otra, sino que muestra ambas posibilidades como opciones, eso sí, ante una Alicia aturdida a la par que imperturbable... en su aturdimiento. De hecho, la heroína, se sobrepondrá a su inicial confusión como suele hacer tanto en “Alicia en el País de las Maravilla”s como en “A través del espejo”: con pragmatismo.

El fragmento concreto de la merienda al que nos referimos es el que sigue:

"Al oír esto, el Sombrerero abrió unos ojos como naranjas, pero lo único que dijo fue:
-¿En qué se parece un cuervo a un escritorio?
«¡Vaya, parece que nos vamos a divertir!», pensó Alicia. «Me encanta que hayan empezado a jugar a las adivinanzas.» Y añadió en voz alta:
-Creo que sé la solución.
-¿Quieres decir que crees que puedes encontrar la solución? -preguntó la Liebre de Marzo.
-Exactamente -contestó Alicia.
-Entonces debes decir lo que piensas -siguió la Liebre de Marzo.
-Ya lo hago -se apresuró a replicar Alicia-. O al menos... al menos pienso lo que digo... Viene a ser lo mismo, ¿no?
-¿Lo mismo? ¡De ninguna manera! -dijo el Sombrerero-. ¡En tal caso, sería lo mismo decir «veo lo que como» que «como lo que veo»!
-¡Y sería lo mismo decir --añadió la Liebre de Marzo- «me gusta lo que tengo» que «tengo lo que me gusta»!
-¡Y sería lo mismo decir -añadió el Lirón, que parecía hablar en medio de sus sueños- «respiro cuando duermo» que «duermo cuando respiro»!"

(Lewis Carroll, "Alicia en el País de las Maravillas")

Ahí se dan unas cuantas reflexiones, y diferentes direcciones y formas de utilización de la lógica, veámoslas.

Ante la irreflexiva expresión de Alicia -”Creo que sé la solución”-, la Liebre Marcera contesta taxativamente “entonces debe decir lo que piensas” y cuando Alicia utiliza espontáneamente dos expresiones como sinónimo – “Ya lo hago  [decir lo que piensa] -se apresuró a replicar Alicia-. O al menos... al menos pienso lo que digo... Viene a ser lo mismo-“, el Sombrerero responde de forma tajante “¿Lo mismo? ¡De ninguna manera!”, porque aparentemente no es lo mismo decir lo que se piensa que pensar lo que se dice, y, a partir de esa intervención, se provoca toda una serie de exploraciones semánticas.


Una exploración  

No es lo mismo decir “todos los argentinos son americanos” que “todos los americanos son argentinos” Pero  ¿es lo mismo decir digo lo que pienso? que ¿pienso lo que digo?  ¿es lo mismo decir “veo lo que piso” que “piso lo que veo”? ¿es lo mismo decir “me gusta lo que bebo” que “bebo lo que me gusta”? Los verbos de lógica epistémica “decir y pensar”, son los que facilitan esa exploración, porque plantean problemas semánticos.

Carroll da dos opciones, en este punto concreto, la Liebre Marcera parece, al principio, implicarse y comprometerse con una de esas opciones al conminar a Alicia diciendo “debes decir lo que piensas”, la Liebre da la impresión de sumarse al conceptualismo (teoría de los universales), según el cual el contenido del pensamiento prima sobre lo que se ha dicho –sobre lo plasmado, sea verbalizado o escrito-.

Mientras que el Sombrero indica que las palabras dictan el significado, en una postura claramente nominalista. Ante lo cual tanto la Liebre Marcera como el Lirón se añaden a esa postura. Por eso, al principio, la Liebre Marcera lo único que hace es… tender una celada –consciente o inconscientemente a la hora de hacerlo- pues su postura solo era apariencia, era “pose pura”. 


Argumentos y retórica

Traslademos eso a otra cuestión, una frase como “El caso es que un argumento de autoridad es siempre falaz”. Aquí se alude a un conceptualismo argumentativo, en este caso “todo argumento de autoridad es siempre falaz”, deja de lado cualquier matiz.

Deja de lado que el argumento de autoridad es falaz solo… cuando se incurre con él en una falacia, no lo es por el simple hecho de que existen unas falacias llamadas “argumentum ad verecundiam”, “magister dixit” o “recurso de autoridad reverenda”.

 ¿Por qué son falaces esas fórmulas? Pues porqué o bien la autoridad referida no es autoridad en la materia, o bien se pone en boca de la autoridad referida algo que no ha dicho, o bien se cita una autoridad real en la materia pero… no se indica ni porqué se le cita ni, tampoco, se indica dónde puede encontrarse lo que sustenta la cita –ni se da una fuente concreta, ni se da un lugar concreto al que poder acudir para comprobar si la cita es valida-.

Cuando se cita a una autoridad en una materia, que es autoridad en esa materia –por su obra reconocida- y, además, se cita pertinentemente el porqué es autoridad en la materia y la obra que le da esa autoridad… no hay falacia de “autoridad”-en ninguna de sus variantes-.

Solo cabría pensar eso desde un conceptualismo extremo, que es una posibilidad, sin embargo, tal posibilidad se puede invalidar fácilmente mediante reducción al absurdo: si todo argumento de autoridad es falaz sería falaz también citar el principio de Arquímedes porque implica citar a Arquímedes, del mismo modo seria falaz citar a Arquímedes y remitirse a su principio porque vuelve a citarse Arquímedes, de tal manera que jamás podría citarse obra alguna de autor conocido porque, dentro de ese conceptualismo argumentativo extremo –de esos universales extremos- toda cosa que implicase una mención de autor sería una falacia de autoridad, lo cual es, evidentemente absurdo. Sin embargo hacía ese lugar puede lleva, curiosamente, la lógica tradicional de argumento cerrado.

Conste que no hay porque ser ni conceptualista ni nominalista de una manera totalmente excluyente. Igual que se pueden sostener esas posturas, también cabe sostener otras muchas.

Por ejemplo sostengamos que no hay universales “externos” a lo producido por la mente humana ni… “flotando en la mente humana” –no existen hasta que lo humano les da “forma mínima”, digamos que la “forma mínima” es la de haber sido pensado- , pero que sí hay universales a partir de la mente humana –por ejemplo, los arquetipos junguianos y el inconsciente colectivo, esos ya tienen forma, ya han sido observados, pensados y formados en cuanto idea-.

Tampoco seria caer en un nominalismo extremo  –aunque tal vez algo se acerque al nominalismo-, sostener que “caballo” y “caballos” existen porque… responden a una categoría creada y nombrada. Para llegar a eso no hay necesidad de mantener que cada “caballo” es una categoría individual y específica.

Digamos que mucho más modestamente y con menos ingenio que Lewis Carroll se presentan aquí una variedad de opciones... todas lógicas -o eso se espera-.

Jorge Romero Gil



viernes, 9 de diciembre de 2011

Lenguaje y retórica

Si reflexionamos sobre el lenguaje y la retórica podemos observar diversas cosas. La primera más que una observación sobre lo es “de”, porque la retórica tiene muy mala prensa a un nivel general, podríamos decir que precisa una campaña de “marketing” -bueno, un poco de eso habrá aquí, pero se intentará que no sea a base de mostrar “poses” sino posturas-.

Funcionalidad de la retórica

¿Quién no ha oído o dicho alguna vez “esto es retórico”? Y, ciertamente, hay muchas cosas retóricas, pero no todas, ni mucho menos, tienen el sentido despectivo que suele indicar la mención coloquial “esto es retórico”.

Sin ir más lejos pensemos en la expresión de los sentimientos, en la expresión verbal o escrita de los mismos -que, obviamente, pueden expresarse de otras muchas y variadas maneras, aunque, me atrevería a decir que todas ellas, de una u otra forma, son lenguaje-. Sin la metáfora seria difícil expresarlos, de hecho, sin recurrir a los tropos es difícil o imposible expresar verbalmente o por escrito cualquier concepto abstracto -eso mismo indicó Platón en su día, y sin esos recursos retóricos no hubiese podido expresar las ideas que hay tras la metáfora de la caverna o la del Sol-.

Así que podemos encontrar una retórica que no solo no es pose sino que, sin ella, seria casi imposible presentar ciertas posturas, exponer ciertas ideas.


 El estilo y la interpretación

Junto a los ejemplos anteriores está la retórica estilística. A primera vista ésta podría caer más en la pose, en la mera forma, eso en apariencia, parece algo desligado del fondo de las caso, pero eso lo parece...en apariencia. No tiene porqué ser así -aunque en ocasiones lo sea-, primero porque sin la forma difícilmente puede contenerse un fondo y, segundo, porque la forma y el fondo interaccionan -prácticamente siempre-, interacciones que en determinados contextos van más allá, llegando a alcanzar una fusión entre forma y fondo.


No es baladí lo anterior, porque cuando nos acercamos a un texto éste puede presentar -dependiendo de su naturaleza-  mejores o peores formas de aproximación, por ello es conveniente saber primero de que tipo de texto se trata y, segundo, cual es la menor manera de abordarlo.

A modo de ejemplo de lo ahora dicho escojamos el Tanaj -para los cristianos el Antiguo Testamento, no son los mismos escritos pero son similares-, un acercamiento literal -y exceptuando una fe a prueba de fuego, respetabilísima para quién la tenga- es facilmente descartable, sencillamente por reducción al absurdo.

Después se podría intentar -y muchas veces se hace- la vía interpretativa y, dentro de ésta, la hermenéutica, en este caso ya empezamos a encontrar mayor acierto respecto al texto en cuestión, no obstante, si se profundiza comienzan a aparecer problemas, por ejemplo, una interpretación deconstructiva del texto anula la hermenéutica -que se basa en la interpretación de un texto en un contexto pero, también, en la idea de que el significado o la ontología original es la única ontología valida-, la deconstrucción arruina las expectativas de la hermenéutica, no por la vía del contexto sino por la vía del texto -que entiende como formulación absolutamente artificial-, la deconstrucción no niega una ontología original, niega una ontología única, dicho de otra manera: acepta que habiendo un significado original cada lectura, cada interpretación, es tan valida como la originaría, aún más, pone en duda que pueda haber una lectura que coincida con el significado original -es un poco el “todo fluye” aplicado a cada lectura-.

Pero, de hecho, la hermenéutica aplicada al Tanaj -incluso prescindiendo de una visión deconstructiva- se muestra claramente insuficiente ¿Por qué? Pues porqué en el Tanaj -y especialmente en la Torá o Pentatéuco- lo que se produce es una fusión de forma y contenido, así que es díficil -por no decir imposible- separar una cosa de otro ¿Eso implica que sea imposible acercarse al Tanaj? ¿a la contemplación de lo que comunica? No, no implica eso, implica otra cosa, implica que se debe utilizar la textualidad, término que ejemplifica que en la forma del texto esta su contenido, que la forma lo contiene todo, el acercamiento a unos textos como los que forman el Tanaj debe hacerse, prácticamente, palabra a palabra, hasta cierto punto se parece -sin ser lo mismo- a lo que Derrida denomina “dissémination” (difuminación), se parece porque la textualidad precisa el recurso a la etimología ante cada palabra y, después, procede a generar cadenas lógicas ensamblando palabras y etimologías, el primer nivel es la palabra, el segundo la frase, el tercero el párrafo y así sucesivamente. 


La gran diferencia con la deconstrucción es que la textualidad busca en última instancia el significado completo y original de aquello que estudia, y la deconstrucción puede buscar el significado supuestamente original o... cualquier otro, eso sí, ambos métodos coinciden en minimalismo a la hora de abordar un texto. Digamos que, en ese sentido, serían al lenguaje escrito lo que el impresionismo y el puntillismo a la pintura.

Pose y postura

Pero volviendo a lenguaje y retórica, aquello que más se acerca a la “pose pura” sería, probablemente, el estilo.

El estilo atiende, en principio, más a la forma que al fondo, pero lo hace así... en principio. En principio parece “pose pura”, pero lo hace así... en principio, en principio parece que no indique nada, pero lo hace así... en principio.

Todos esos “en principio” se deben a que bajo la apariencia -y sin excluir, ni mucho menos, que las apariencias puedan coincidir con lo que parecen ser- puede haber más.

Sobre el primer asunto podría considerarse que ya se ha tratado cuando se habló de la interacción -e incluso fusión- entre forma y fondo.

Sobre el segundo asunto, la “pose pura” bien puede ser la postura, dicho de otra manera: no habría más postura que la de la pose, el mero gusto de mostrar la forma de algo o de hacer algo -parte de las acaloradas críticas de Antonin Artaud a Charles Lutdwidge Dodgson (Lewis Carroll) se deben a ese “diletantismo” -en el sentido etimológico del término- carrolliano que juega con las palabras, la lógica y las formas pero es que esa es... la postura de Carroll y, en realidad, tiene profundidad, gran parte de la misma reside en la pose, que, en ese autor, es el juego formal-.

Sobre el tercer asunto, aquí cabe remitirse a lo recientemente dicho sobre la pose que es postura, pero, cabe añadir... la pose que tan solo es pose, en cualquier caso ambas “poses” indican algo: una que en la propia apariencia ya hay mensaje -que puede ser más o menos profundo-, la otra que lo único que hay es... mera pose, pura y simple afectación o apariencia, y aún así cabría preguntarse ¿una pose que solo es pose no comunica también algo? Por ejemplo, que la postura ante algo es... pose. A fin de cuentas el atrezo y el adorno tienen su función.


Retórica y semiótica

En la actualidad las aportaciones a la retórica más importantes vienen del campo de la semiótica, yendo más allá del reducido campo de las figuras retóricas sobre el que habían pivotado esos usos del lenguaje durante mucho tiempo. Cabe citar a figuras como Roland Barthes, Umberto Eco y otros investigadores del tema del lenguaje. Pero siguiendo con obras concretas que tratan también a la retórica, se pueden citar el "Diccionario de Retórica y Poética" de Helena Beristain -en dos tomos, se extiendo mucho, por ejemplo, en la idea de "figura retórica"- o el "Diccionario Enciclopédico de las Ciencias del Lenguaje", de Oswald Ducrot y Tzvetan Todorov, resulta esclarecedor de la situación contemporánea de los usos retóricos el siguiente fragmento de la última obra citada:

"En nuestra época puede observarse un renovado interés por la retórica, centrado en la definición de las figuras. Pero este resurgimiento nace en la lingüística contemporánea, más que en la antigua retórica: hoy los problemas que constituyen el objeto de la retórica son replanteados en una perspectiva diferente por la estilística, el análisis del discurso y la lingüística"


("Diccionario Enciclopédico de las Ciencias del Lenguaje", Tzvetan Todorov, página 93).

Además ¿qué sería de nosotros sin la retórica? Demos pues un ejemplo práctico, que es a la vez narrativo, retórico y, diría que metalingüístico, citemos a Robert Graves que, a su vez, pone en boca de Claudio que, a su vez, pone en boca de Octavio Augusto -en su “Yo Claudio”- el siguiente recurso:

“Me faltan las palabras para expresar la profundidad de mis sentimientos”


Según Graves, hace decir a Claudio que... hace decir Augusto, esa frase era utilizada por el emperador cuando... se quedaba en blanco.

Debo decir que esa frase es muy útil, dicho esto desde la “praxis” ocasional de la misma. 


Dicho  lo cual, resulta ser que el recurso retórico que presenta esa frase... no está en absoluto reñido con la realidad ¿Cuantas veces no se queda uno sin palabras a la hora de decir lo que siente?