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jueves, 23 de agosto de 2012

Origen y evolución del judaísmo mesiánico




El “provocar” la parusia es la razón última de la existencia del llamado judaísmo mesiánico. La idea es conseguir que los judíos se conviertan al cristianismo -digamos que exclamen “Hosannnas al Hijo de David”, obviamente una vez traspasado- para que se cumpla una condición considerada sine qua nom para que venga el Señor en carne humana nuevamente, es decir, la historia de la parusia o Segunda Venida.

La parusía en el cristianismo católico y protestante

Hay que decir que la parusia es una constante en el cristianismo protestante pero tiene muchísimo menor énfasis en otros cristianismos, el católico, sin ir más lejos, y cuando se menciona ese particular es, generalmente, en un contexto no literalista -aunque no se niegue el acontecimiento en sí- y muy reticente respecto al deseo de que esta parusia, de forma explícita y literal, se produzca, un buen ejemplo de esta postura pueden ser las siguientes palabras del Pontífice Romano, Benedicto XVI, pronunciadas en la Ciudad del Vaticano, en el año 2008, y en una audiencia general:

Un último punto que quizás parece un poco difícil para nosotros. San Pablo en la conclusión de su segunda Carta a los Corintios repite y pone en boca también a los Corintios una oración nacida en las primeras comunidades cristianas del área de Palestina: Maranà, thà! que literalmente significa “Señor nuestro, ¡ven!” (16,22). Era la oración de la primera comunidad cristiana, y también el último libro del Nuevo testamento, el Apocalipsis, se cierra con esta oración: “¡Señor, ven!”. ¿Podemos rezar también nosotros así? Me parece que para nosotros hoy, en nuestra vida, en nuestro mundo, es difícil rezar sinceramente para que perezca este mundo, para que venga la nueva Jerusalén, para que venga el juicio último y el juez, Cristo. Creo que si no nos atrevemos a rezar sinceramente así por muchos motivos, sin embargo de una forma justa y correcta podemos también decir con los primeros cristianos: “¡Ven, Señor Jesús!”. Ciertamente, no queremos que venga ahora el fin del mundo. Pero, por otra parte, queremos que termine este mundo injusto. También nosotros queremos que el mundo sea profundamente cambiado, que comience la civilización del amor, que llegue un mundo de justicia y de paz, sin violencia, sin hambre “.

Esta claro, pues, que para el catolicismo romano eso “Maranà, thà!” es algo no literal e interpretable no textualmente sino “plasmando su sentido” en la organización social.

Pero siguiendo con los motivos del mesianismo, éste surge -o se potencia en su versión más moderna- de la idea de “forzar” la condición -la conversión de Israel- y así echar una mano al Espíritu Santo, ese es el sentido de la labor de Martin Chernoff o Moishe Rosen, cada uno en distintas organizaciones, y por ese motivo cultos fundamentalistas estadounidenses dedican esfuerzos y fondos a la concreta labor de “misionar entre los judíos”. Siguiendo con la idea mostrar los contextos en sus textos se puede citar ahora el fragmento de un sermón cristiano fundamentalista al respecto, en concreto baptista, pronunciado por el pastor R. L. Hymers, en el “Tabernáculo Bautista de Los Ángeles”, en noviembre del 2010, es, por tanto, bastante reciente:

Dios ha bendecido en gran manera a los judíos en los últimos años. En 1948 la Nación de Israel fue establecida. Los judíos que fueron dispersos y perseguidos por todo el mundo por dos mil años empezaron a regresar a su tierra natal. Israel está rodeado de países Musulmanes que están en contra de los judíos. Pero Dios ha protegido a Israel – milagrosamente. ¡Esta es una “señal” de la Segunda Venida de Jesucristo!

Además, Dios ha movido los corazones de muchos judíos. ¡En los últimos treinta y cinco años más de ellos han venido a Jesús que en los mil novecientos años anteriores combinados!

Me senté en el piso con un grupo de jóvenes en Corte Madera, California en 1973, cuando Moishe Rosen oficialmente empezó “Judíos para Jesús”. Estuve orgulloso de llamarlo mi amigo. Él ofició nuestro matrimonio. Mi familia y yo fuimos a verlo a su casa, nos dimos regalos, y almorzamos juntos en el verano del 2009. Ileana y yo fuimos a San Francisco a su funeral a mediados de este año. Moishe Rosen fue un gran evangelista. Se estima que, directa o indirectamente, él fue el instrumento humano responsable de más conversiones Judías a Jesús que cualquier otro hombre desde los días de los Apóstoles.

Seguro que esto es una “señal” de la Segunda Venida. Pocos comentadores modernos dicen que nuestro texto se refiere proféticamente a la conversión de los Judíos. ¡Sin embargo, extrañamente, el Dr. John Gill (1697-1771) lo vio claramente en el siglo 18! Él dijo: “…la profecía parece referirse a la conversión de ellos [los Judíos] en los últimos días” (traducción de John Gill, D.D., An Exposition of the Old Testament, The Baptist Standard Bearer, reimpresa en 1989, tomo 5, p. 573; nota sobre Jeremías 31:18). De nuevo, el Dr. Gill dijo: “De tal manera los Judíos se convertirán en los últimos días” (ibíd., p. 574). Jesús Mismo predicó la dispersión de los Judíos, y su regreso a Jerusalén al final de esta era” (…)

Pero no debemos dejar el texto como una interesante profecía de la venidera redención de Israel. En su ensayo [en Inglés], “La Exposición Debe Tener Aplicación”, “Exposition Must Have Application,” El Dr. Tozer dijo: “No hay nada más aburrido y sin sentido como la doctrina Bíblica enseñada porque sí” (traducción de A. W. Tozer, D.D., “Exposition Must Have Application,” en The Best of A. W. Tozer, compilado por Warren W. Wiersbe, Baker Book House, 1979, p. 140). Por lo tanto debemos aplicar el texto a aquellos entre nosotros que todavía no están convertidos.”

Si en el caso católico resulta clara la renuencia a considerar la parusia como algo literal y, aún más, a desearla -explicitamente Benedicto XVI decía ante la audiencia general para nosotros hoy, en nuestra vida, en nuestro mundo, es difícil rezar sinceramente para que perezca este mundo” y “no queremos que venga ahora el fin del mundo”-, todo lo contrario sucede, como acabamos de ver, en determinado protestantismo, esta claro que no solo se desea ese acontecimiento sino que se trabaja para “acelerarlo”: “Moishe Rosen fue un gran evangelista. Se estima que, directa o indirectamente, él fue el instrumento humano responsable de más conversiones Judías a Jesús que cualquier otro hombre desde los días de los Apóstoles” (…) “Seguro que esto es una “señal” de la Segunda Venida” (…) debemos aplicar el texto a aquellos entre nosotros que todavía no están convertidos”.

Curiosa, muy curiosa idea, por lo demás, esa de que el ser humano sea capaz de “forzar” la voluntad divina y provocar algo de tal dimensión como el Apocalipsis.

El caso es que ese -y no otro- es el “leitmotiv” del “misionar entre los judíos” y a esa labor se aplicaron figuras como Moishe Rosen o Martin Chernoff.

Origen y formación del judaísmo mesiánico

Los primeros intentos de presentar formas judías dentro de la Alianza Cristiano Hebrea de América se saldaron con un rotundo fracaso. En 1917 una propuesta de Mark Levy para guardar las festividades y costumbres judías fue totalmente desestimada, incluso se le consideró, literalmente, una propuesta de “propaganda judaizante” -dicho eso en sentido despectivo-. Así que esa estrategia tuvo que esperar, siendo el desencadenante del desarrollo de la misma la aparición en escena de la figura de Martin Chernoff, que llegaría a ser presidente de la Alianza Cristiano Hebrea de América entre los años 1971 y 1975.

El giro de Chernoff en esta dirección fue gradual, y comenzó a mediados de los años cincuenta con la decisión, entonces muy polémica, de iniciar una beca para un hogar de los creyentes judíos, como su esposa Yohanna refiere:

Así que llevamos a cabo reuniones semanales en nuestro hogar con los creyentes judíos principalmente. En estas reuniones se atendía a sus necesidades personales, les enseñaba la Biblia, los condujo en la oración, y les animó a mostrar el amor a sus familiares no creyentes. Estos informales, pequeños grupos pronto tomó un sabor distintivamente judío” (Chernoff, Yohanna (1996) “Nacido judío muerto judío. La historia de Martin Chernoff”, Maryland. Publicaciones Ebed P.80)

En los siguientes años esta evolución fue progresando, dando lugar, a principios de 1970, al concepto de sinagoga mesiánica que empezó a tomar forma. Así los servicios religiosos de los domingos y martes por la noche fueron abandonados y transformados en “los servicios del Sabbat”. Se potenció un “liderazgo musical” presentando la llamada “música judía mesiánica”, que empezó a abundar. Los jóvenes judíos iban llegando más facilmente a la creencia de Jesús como Mesías, con la apariencia del deseo cumplido de mantenerse formalmente como comunidad judía, comunidad en la que podían adorar a Jesús. De esa manera esas “sinagogas” empezaron a aparecer por todas partes.

Pero veamos como define el mesianismo y la “visión mesiánica” David Chernoff, hijo y continuador de la labor de Martin Chernoff, el siguiente fragmento es de una entrevista que se realizó en la primavera de 2002 para la revista “Espíritu del Mesías”:

Veo cuatro elementos clave para comprender la visión del judaísmo mesiánico, significamos:

- El avivamiento del movimiento del judaísmo mesiánico es un despertar del tiempo del fin espiritual del pueblo elegido de Dios. Somos los primeros frutos de la salvación de Israel, la restauración espiritual de Israel, en paralelo a la restauración física de Israel.

- Cumplimiento de la profecía – Si bien todos los despertares espirituales son de origen divino, el renacimiento espiritual de Pueblo Escogido de Dios es un cumplimiento directo de la profecía. “Para muchos días estarán los hijos de Israel sin rey, sin príncipe, sin sacrificio, sin estatua, sin efod y sin terafines. Después volverán los hijos de Israel, y buscarán al Señor su Dios y a David su rey; y también temerán al Señor y a su bondad en el fin de los días “(Oseas 3:4-5). ¡Qué fuerza y ánimo que nos debe dar ser como mano de obra en los campos de la cosecha! ¡Somos un cumplimiento de la profecía!

- Un producto de la Ruaj HaKodesh (Espíritu Santo) – Este movimiento nació de un gran despertar espiritual en los años 60 y principios de los 70. No fue diseñado, inspirado o formado por cualquier persona, sino por el Espíritu Santo. Nadie puede tomar para sí el crédito de este movimiento. No hay arquitectos ni superestrellas, sólo Yeshúa [Jesús] y Ruach Adonai. Tenemos que asegurarnos de que estamos caminando en el Espíritu y ser guiados por Él todos los días.

- Llamamiento para mantener el Pacto. Otra característica muy clara de este movimiento es el llamamiento que tenemos de Dios para mantener el Pacto de Abraham que nos estableció como una nación y como pueblo. Tenemos que seguir siendo judíos. No debemos asimilarnos. Debemos ser una luz distinta en nuestra gente para que vean que creyendo en Yeshua se es judío.

“Un judío no se convierta en menos de un judío mediante la aceptación de Yeshua, pero aun más… En esencia, se convierte en un judío completo o terminado, Yeshua no vino a iniciar una nueva religión, sino para cumplir con nuestra fe judía Él dijo:” No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas, no he venido para abrogar, sino para cumplir “(Mt. 5:17). ¿Cómo podría yo, como judío convertido, ser menos judío al aceptar el Mesías de Israel?”

David Chernoff pasa a advertir que, en su esfuerzo por mantener su identidad judía, los mesiánicos debe tener cuidado de no “seguir a los rabinos (Talmud)”, o de “errar en el lado de la iglesia cristiana”, y creo que es nuestro principal trabajo “construir puentes, para volver a la iglesia a sus raíces judías o para reconciliarla con ellas”.” El trabajo principal de los Mesiánicos es llevar el evangelio de salvación a los judíos de todo el mundo y dentro de la nación israelí.”

Se diría que vuelven a quedar claros objetivos y finalidades, de paso algún comentario, cuando David Chernoff se pregunta “¿Cómo podría yo, como judío convertido, ser menos judío al aceptar el Mesías de Israel?”, se le puede responder: aceptando a Jesús como Mesías y afirmando que es Dios. Tal persona dejaría de ser judío exactamente por el mismo motivo que un cristiano dejaría de ser cristiano pronunciando sinceramente lo que sigue: “No hay más Dios que Allah y Mahoma es su Profeta”. Quién afirmase eso no sería un “cristiano mahometano” sería un musulmán.

Martin “Moishe” Rosen (nacido el 12 abril 1932 y fallecido el 19 mayo 2010) es otra figura determinante dentro de esa estrategia de “conversión de los judíos”. La principal diferencia con Martin Chernoff es que Rosen no deja las formas cristianas sino que se centra en una “evangelización” típica, que mantiene las formulaciones cristianas, aunque con la especificidad de dirigirse a los judíos. Para ello fundó la organización “Judíos para Jesús”-creada en San Francisco en 1973-, de la que fue Director Ejecutivo, que es una organización misionera que se centra específicamente en la evangelización del pueblo judío.

Rosen y su esposa se convirtieron al cristianismo evangélico en 1953. Después de graduarse en el Northeastern Bible College, Rosen se comprometió a ser un misionero entre los judíos. Fue ordenado pastor en 1957, dentro de la Iglesia Conservadora Bautista. Y dirigió congregaciones cristiano-hebreas, trabajando durante 17 años para la Junta Americana de Misiones a los Judíos (ABMJ), con el objetivo declarado de atraer conversos. A partir de 1970, fundó Ministerios Hineni que después se convertiría en Judíos para Jesús. En 1973 abandonó sus cargos en la ABMJ para dedicarse por completo a la organización “Judíos para Jesús”. En 1986, recibió un “honoris causa” como Doctor en Divinidad del Seminario Bautista Conservador Western de Portland (Oregón) y, en 1997, la Asociación Bautista Conservadora lo nombró “Héroe de la Fe”.

Tenemos, pues, una trayectoria completamente cristiana, abocada al misionerismo entre los judíos pero manteniendo las formas cristianas, esa es, probablemente, la principal diferencia entre Martin Chernoff y Martin Moishe Rosen, al margen de eso coinciden en su mensaje de que es posible ser judío y aceptar a Jesús como el Mesías de forma simultánea. En todo caso sus finalidades eran idénticas, siendo, en última instancia, la provocación de la parusia el motor de su acción.

Evolución del judaísmo mesiánico

Pero lo que sucedió tras estos inicios claramente estadounidenses del movimiento es otro fenómeno -diría que sociológicamente interesante-, y es que si el éxito misionero entre los judíos fue tirando a escaso -incluso se diría que bastante desastroso en relación a su objetivo de lograr la conversión masiva de Israel al cristianismo- fue mayor entre los gentiles y, me atrevería a decir, que tiene una expansión a buen ritmo en Latinoamérica, expansión que enlaza el éxito misionero del mesianismo con el éxito misionero del fundamentalismo cristiano de origen estadounidense -que ya se había alcanzado a costa del tradicional catolicismo romano de la región-. Eso ha llevado a una curiosa paradoja, a que no se tiene exactamente a unos judíos que conservando sus formas tradicionales -o algunas de ellas- se han convertido al cristianismo, sino a unos cristianos gentiles que han judeizado formalmente -en lo externo, en la forma- su culto cristiano y, de paso, lo confunden con judaísmo -cuando eso, por contenido doctrinal, carece de sentido-.

Esto último parece que dificilmente vaya a acelerar la parusia -a fin de cuentas los judíos siguen siendo mayoritariamente tales-, al margen de lo cual resulta un fenómeno que no es el previsto por la estrategia misionera en cuestión, dado que este resultado es imprevisto y se escapa a los objetivos iniciales es de difícil previsión donde irá a parar y de que objetivos se dotará -porque ha de buscar otros diferentes a “la conversión del pueblo de Israel”, en tanto en cuanto los convertidos ni forman ni han formado parte de ese pueblo-.

Así, en esta parte del fenómeno, lo que tenemos son grupos sociales que adoptan formas que ellos creen que son propias de los judíos -algunas lo son pero otras no, siendo o puramente folclóricas y descontextualizadas (por ejemplo, pasearse con mantos de oración) o directamente inventadas-, expresiones y un lenguaje cotidiano que creen “judío” -salpicando su propio idioma con palabras judías aquí y allá, no para expresarse mejor sino para “hebraizar”- y costumbres que consideran judías -como sucede con las formas algunas lo son y otras no-.

Se diría que este aspecto externo prima como mínimo tanto -sino llega a pesar más- como los contenidos doctrinales del movimiento, que en eso son herederos de su matriz cristiana estadounidense, aunque difieren en un hecho fundamental, el sentido del movimiento estadounidense era convencer a judíos de hacerse cristianos manteniendo lo que podríamos denominar ciertas costumbres y formas culturalmente propias, aquí, sin embargo, eso no esta presente, tenemos claramente no solo un proceso de conversión religiosa sino uno de aculturación galopante, en pro, además, no de otra cultura sino de algo más absurdo: la imagen irreal y fabricada que es atribuye falsamente a otra cultura. Porque el conjunto es falso -al margen de que ciertas piezas puedan corresponder, aisladamente, a un contexto judío-.

La resultante ofrece cosas muy paradójicas, como el sincero convencimiento -aunque totalmente falso e infundado- de la mayoría de miembros de esas comunidades de “ser judíos”, ello lleva a veces a otros procesos curiosos, como el “rastreo” de orígenes judíos entre los ancestros, sea a nivel puramente personal o a nivel más general, llegando a buscar “orígenes judíos” en ciudades, regiones o naciones enteras.
Sociológicamente eso muestra una crisis de identidad, que adopta la peculiar versión de personas que negando ser lo que son quieren pasar a ser judíos. Identidad, esta última, que copian tanto como mitifican.

Da la impresión que se producen dos comportamientos diferentes dentro del fenómeno. Por una parte lo que sigue más ligado al organigrama estadounidense se centra en “misionar” en los Estados Unidos, Israel y menos en Latinoamérica –excepto en aquellos países con presencia de comunidades judías de cierta entidad, donde vuelve a aparecer la acción de “Judíos para Jesús” de forma destacada-, siguiendo la estrategia fundacional de “convertir a Israel” y, por extensión, a las comunidades judías en la diáspora.
Por otra parte esta el fenómeno “autóctono” de la expansión mesiánica en comunidades gentiles, acompañado de la idea no de “mantenerse judíos” sino de “convertirse en judíos”, fenómeno que no es exclusivo de Latinoamérica pero que allí se da con fuerza.

Los objetivos misioneros cambian en un caso y en otro. En el primero esta claro -por extraño que pueda ser- y se trata de “echar una mano al Espíritu Santo” para acelerar el “Apocalipsis” y provocar la “Segunda Venida” del “Señor Jesús”. Ahora bien ¿cual es el objetivo para el segundo caso? Se puede apuntar uno clásico del cristianismo, la cuestión de la universalidad del mensaje de Jesús, pero, en ese caso ¿por qué ese cristianismo de formas supuestamente judías? Se diría que no hay un “objetivo estratégico” en este supuesto y más uno “táctico”, a partir de pastores locales que ven en el mesianismo una oportunidad de prosperar más que con las formas cristianas tradicionales.


Jorge Romero Gil


Bibliografía

Benedicto XVI: catequesis realizada en audiencia general, Ciudad del Vaticano, 2008

Cohn-Sherbok, D.: Messianic Judaism, Londres, 2000

Chernoff, David: entrevista en “Espíritu del Mesías”, primavera de 2002

Chernoff, Yohanna: Nacido judío muerto judío. La historia de Martin Chernoff, Publicaciones Ebed, Maryland, 1966

Hymers, R. L.: sermón pronunciado en el Tabernáculo Bautista de Los Ángeles, noviembre de 2010

Liscano, Juan: Apocalipsis, Anticristo y Parusia, Editorial Alfa, 1997

Rosen, Martin Moishe: Witnessing to Jews, 1998



sábado, 4 de agosto de 2012

La figura de Jesús, el Tanaj y el Antiguo Testamento




La figura de Jesús está muy enraizada en la cultura occidental, es obvio -para bien y para mal- el peso del cristianismo en la Historia de Occidente, incluso se dan como “naturales” relaciones que, en realidad, son inexistentes, así se habla del “judeo-cristianismo” de forma casi automática, sin darse cuenta que tal asociación surge de una presunción falsa: que el cristianismo deriva del judaísmo, casi de manera “natural”, y eso es algo ideológicamente muy presente en la conciencia -y en el subconsciente- de Occidente, pero es algo que… solo se sostiene por el propio -y secular- discurso cristiano, no por los hechos.

Sin entrar a valorar ahora que es mejor o peor, lo que resulta evidente, analizadas las creencias, es que el Dios de Moisés no es el Dios de Jesús, ni se trata de la misma creencia ni tienen el mismo origen, a despecho del discurso cristiano. Otra cosa es que el cristianismo se apropie de elementos (especialmente textos, aunque modificándolos cuando le es preciso) del judaísmo, pero eso también lo hace con elementos mitraismo y de otras creencias que ha utilizado.

Los textos del judaísmo se utilizan por dos vías. La primera y más evidente es para crear el llamado Antiguo Testamento, que no es el Tanaj sino una variante cristiana a partir del Tanaj, que no sale directamente de éste sino de las versiones griegas añadidas a la Septuaginta –que tampoco son la Septuaginta, la Septuaginta original es una traducción erudita de los cinco libros de la Torá desde el hebreo al griego, con posterioridad se fueron traduciendo sin “control de calidad” los restantes libros del Tanaj, en diferentes etapas y versiones, al griego-, estas versiones si ya en origen eran dudosas –en cuanto a la fidelidad de su traducción- fueron multiplicándose y empeorando con el paso del tiempo, al punto que entre los siglos II y III EC se precisan revisiones de esas versiones, así aparecen versiones algo más fieles como las de Aquila, Teodición o Simaco, de las que prácticamente solo tenemos referencia aunque, aparentemente, en la Hexapla de Orígenes, a principios del siglo III EC, se recogen esos textos, junto a la mal llamada Septuaginta, una versión en hebreo y otra en hebreo pero escrito en alfabeto griego.

En todo caso, el Antiguo Testamento deriva de traducciones griegas del Tanaj, ni siquiera de los intentos de revisión de las adiciones a la Septuaginta sino de éstas, sea casual o no eso lleva a errores de bulto –como las “vírgenes” que aparecen en Isaías, o “crucificados” en los Salmos-, errores que, siguiendo con las “casualidades”, benefician a la “Interpretatio Christiana” pero… hasta cierto punto, digamos que aun siendo introducidas esas modificaciones puntuales -pero significativas- con “calzador” el conjunto del texto… carece por completo de sentido respecto al Nuevo Testamento.

Por eso el Antiguo Testamento, aun siendo un libro cristiano –por las modificaciones antes mencionadas- que utiliza al Tanaj se torna por completo incomprensible, digamos que la pregunta que surge es ¿para qué? La respuesta cristiana “oficial” es torpe pero intenta buscar una explicación: un Antiguo Pacto y un Nuevo Pacto.

La realidad es otra: Jesús, para relacionarse con la deidad –sea como la deidad misma o un enviado- precisa vincularse al Dios de Israel, lo precisa como sea, a la inversa no sucede lo mismo. Dado que el cristianismo necesita esa vinculación –que la evolución de otras variantes del gnosticismo no precisaban, aun teniendo a Jesús como personaje central de sus credos- no puede prescindir sin más del Tanaj, por ello procede a transformarlo y modificarlo creando su propio libro –el Antiguo Testamento- y. como esto solo resulta insuficiente, lo relega a la categoría de “viejo pacto” que será superado por el “nuevo pacto” –el Nuevo Testamento-, dejando, en la práctica, como única función del AT un papel de “pregonero” o “anunciador” del “nuevo pacto” o, para ser más exactos, de algunas características del “nuevo pacto” –que coinciden con las modificaciones puntuales de los textos del Tanaj, realizadas en las versiones griegas que forman el AT-. Eso… devuelve a la perplejidad, pues ¿para decir “cuatro cosas” inconexas y “ligadas por los pelos” se precisaban todos los libros del Tanaj? Obviamente no, pero es que el Dios del Tanaj, el que allí se describe, no es el del Nuevo Testamento. Esa es la realidad que… se desprende de los propios textos.

La segunda vía por la que se utilizan los textos del judaísmo por parte del cristianismo es para declarar la identidad divina de Jesús, eso lo hacen los autores de los evangelios, quienes para hacerlo necesitaban conocer tanto los textos como los presupuestos del judaísmo. Curiosamente este conocimiento se perderá siglos después, con lo que nos encontramos con “exégetas de patio” –entiéndase, personas sin conocimiento real ni de teología ni de religiones comparadas, pero que se atreven a ponderar como si tuviesen algún conocimiento- que, aun hoy en día, se preguntan dónde está anunciada la divinidad de Jesús en los evangelios.

Pues bien, los autores de los evangelios usan el judaísmo para pregonarla ¿cómo lo hacen? Pues poniendo en boca de Jesús cosas que sólo podía decir la divinidad o, bien, poniendo en manos de Jesús acciones que sólo correspondían a la divinidad. Por ejemplo, cuando en diferentes pasajes de los evangelios Jesús afirma “Yo Soy” –no un simple “soy yo”, quede claro- está diciendo que es Dios mismo… según el judaísmo, pues Yo Soy es una de las formas en las que Dios se denomina –véase el Shemot-. Un ejemplo de las acciones es su intervención en el episodio del Templo, cuando dice que es “su casa” –Lucas 19:46-, y otro cuando preguntado sobre la Torá se otorga la facultad de decir que vale o no vale de ella. Todas esas cosas solo, desde el concepto de Dios del judaísmo, las podía hacer el propio Dios, luego, al proclamar Jesús eso –siguiendo a los textos cristianos- o bien era Dios o bien era un blasfemo, sencillamente no caben otras alternativas… a partir de los textos cristianos.

De la misma manera no cabe otra alternativa, desde una perspectiva de la religiosidad judía, que concluir que era un blasfemo, puesto que el judaísmo no lo reconoce como Dios. Por lo cual tampoco se entiende demasiado bien la reacción cristiana de malestar y hasta “sentirse insultados” cuando se menciona la blasfemia en relación al comportamiento de Jesús, bien, si no deseaban eso… no haberle hecho decir que era el Dios de Israel –nadie hablaría de blasfemia siendo el Pleroma, tal vez de idolatría pero no de blasfemia-.

Si desde los textos pasamos ya a la exposición del credo cristiano en su versión nicenoconstantinopolitana –que es la mayoritaria-, nos encontramos con la formulación del concepto del Dios Trino, y del papel especial de la Virgen María, veamos la formulación de este credo:

Creo en un solo Dios Padre, Todopoderoso, Creador del Cielo y de la Tierra, de todo lo visible e invisible.

Y en un solo Señor, Jesucristo, Hijo Unigénito de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos; Luz de Luz, Dios Verdadero de Dios Verdadero; nacido, no creado; Consubstancial al Padre, por Quien todo fue hecho. Quien por nosotros, los hombres, y para nuestra salvación, descendió de los cielos, y se encarnó del Espíritu Santo y de María Virgen y se hizo hombre. Crucificado también por nosotros bajo Poncio Pilato, padeció y fue sepultado. Y resucitó al tercer día conforme a las Escrituras. Y subió a los Cielos y está sentado a la Diestra del Padre. Y otra vez ha de venir con gloria, a juzgar a los vivos y a los muertos y Su Reino no tendrá fin.

Y en el Espíritu Santo, Señor Vivificador, que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo es juntamente adorado y glorificado, y que habló por los profetas.

En la Iglesia que es Una, Santa, Católica y Apostólica.

Confieso un solo bautismo para la remisión de los pecados.

Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo venidero. Amén.

La idea de la Santísima Trinidad tiene más vinculaciones con otras triadas -por ejemplo, la de Osiris, Isis y Horus- que con nada que surja de la religiosidad judía, ni siquiera con los “malabarismos” que el cristianismo hace del Tanaj se puede encontrar en éste ningún precedente de eso.

Por otra parte la similitud ente María en su papel de “Theotokos” –Madre de Dios- e Isis es más que notable, además de eso fue muy pragmático, dado que tal papel tanto sirvió para que el cristianismo suplantase sin demasiados problemas a los cultos –y lugares de culto- de Isis como, posteriormente, de otras “diosas madre” femeninas –cabe citar, por ejemplo, el caso de la Virgen de Guadalupe de México-.

En cualquier caso, el cristianismo y la figura de Jesús es tan presente en la cultura occidental que incluso deben aderezar los cócteles propios de la New Age, dónde Jesús es presentado frecuentemente como un “iniciado” o un “avatar” relacionado, de forma tan curiosa como sincrética, con deidades hinduistas.


Jorge Romero Gil


Bibliografía

Biblia de Jerusalén, edición en castellano de 1976

Credo Niceno-Constantinopolitano

Tanaj, versión derivada de” Westminister Leningrad Codex”del “the Westminister Hebrew Institute”



domingo, 29 de julio de 2012

Jesús, Iesous, Yeshúa



Yeshua o Yeshúa es un nombre teofórico –que alude a la divinidad- hebreo y que significa “el Salvador” –en sentido más estricto “YHVH salva” o “YHVH es salvación”-.

Puede encontrarse referido en la literatura hebrea, sin ir más lejos el autor del Eclesiástico se llamaba Yeshúa ben Sirac –Jesús hijo de Sirac- y Flavio Josefo menciona a otro Jesús –que no es el supuesto nazareno aunque en algunas cosas lo recuerda sospechosamente- en la “Guerra de los Judíos”. Si en el Eclesiástico el nombre aparece en su forma original hebrea -ישׁוע- en la obra de Josefo aparece en su versión griega - ἰησοῦ- que es la misma forma en la que aparece en el NT.

En realidad la referencia original al Jesús figura del cristianismo es el término griego ἰησοῦ, que si transliteramos es “Iesous” –fonéticamente sonaría así en castellano y, también, se transcribiría así al alfabeto latino-, por lo cual eso de “volver a las raíces” respecto al nombre en cuestión aplicado al personaje en cuestión llamándolo “Yeshúa” es cualquier cosa… menos acudir a las raíces de ese personaje, que son ni más ni menos que ἰησοῦ.

Otra cosa es que de los originales del texto griego –véase la versión Nestle-Aland- se derive lógicamente que ese nombre sea una traducción del nombre hebreo “Yeshúa”, es muy probable, pero el caso es que la fuente original para ese Jesús es la que es y no otra.

No obstante, no conviene perder de vista la etimología hebrea del nombre Yeshúa, esto es “el Salvador”, porque puede ser sospechosamente significativa –“sospechosamente”, es decir, no más allá de la sospecha-.

Tanto los autores del conjunto del Nuevo Testamento como los de los Evangelios muestran un conocimiento de lo judío y del judaísmo, eso queda claro leyendo sus exposiciones, ahora, eso no significa ni que sean judíos ni que asuman el judaísmo. Eso es una extrapolación aventurada y hasta se diría que un tanto gratuita, cuando menos en función del contenido doctrinal del NT y de la manera que ese conocimiento del judaísmo no se usa para presentar una “variante” del judaísmo sino para presentar una creencia sincrética profundamente diferente, eso puede observarse en varias cosas, no es la menor sino la mayor la utilización de las formas nominativas de la divinidad –en lo más cercano que hay a la formulación del perdido Shem Hamephorash- para presentar a “Yeshúa” –recordemos “el Salvador”- no como relacionado o enviado por la divinidad sino como la divinidad misma, esto es, Dios encarnado.

La idea de la encarnación de Dios es completamente ajena al judaísmo y no puede haber surgido de él, por el contrario es perfectamente compatible en otros entornos, como el helenístico –aun cuando en sus formulaciones más elaboradas filosóficamente esto se descarta-y en otros todavía más antiguos como los propios de Mesopotamia. Si esa encarnación se fusiona con el arquetipo del héroe salvífico tenemos una poderosa imagen y, una imagen, que cuadra bastante bien en sus características con las que definen a la figura central del cristianismo.

El héroe, por lo tanto, es el hombre o la mujer que ha sido capaz de combatir y triunfar sobre sus limitaciones históricas personales y locales y ha alcanzado las formas humanas generales, válidas y normales. (…). El héroe ha muerto en cuanto a hombre moderno; pero como hombre eterno —perfecto, no específico, universal— ha vuelto a nacer. Su segunda tarea y hazaña for­mal ha de ser (como Toynbee declara y como todas las mitologías de la humanidad indican) volver a nosotros, transfigurado y enseñar las lecciones que ha aprendido sobre la renovación de la vida.”

(Joseph Campbell, El héroe de las mil caras)

Campbell resalta también otras cualidades arquetípicas de la figura de Jesús, lo hace mostrando paralelismos con el Buda y, en concreto, recalca la dimensión salvadora:

El Buddha debajo del Árbol de la Iluminación (el Árbol Bo) y Cristo bajo el Árbol de la Redención son figuras análogas, incorporadas al arquetípico Salvador del Mundo, al motivo del Árbol del Mundo, que es de inmemorial antigüedad. Muchas otras variantes del tema se encontrarán en episodios subsecuentes. El Punto Inmóvil y el Monte Calvario, son las imágenes del Ombligo del Mundo o el Eje del Mundo”

(Joseph Campbell, El héroe de las mil caras)

Pero el punto culminante de la redención es la identificación con la divinidad, la fusión o encarnación con la misma que, en este planteamiento, es condición “sine qua non” para llevar a buen puerto la misión de la salvación:

Han de distinguirse dos grados de iniciación en la mansión del padre. Del primero, el hijo vuelve como emisario; del segundo, con el conocimiento de que “yo y mi padre somos uno.” Los héroes de esta segunda y más alta iluminación son los redentores del mundo, las así llamadas encarnaciones, en su más alto sentido.”

(Joseph Campbell, El héroe de las mil caras)

Lo anterior, aplicado a la figura de Jesús, nos revela un héroe de tipo salvífico, un redentor del mundo que, para serlo, precisa de una encarnación, mostrar una identidad entre su ser y el de la deidad misma. En esa condición no de mensajero sino de Dios es en la que realiza su labor, su misión, entre otras cosas sin esa condición no la podría realizar. Esa identificación es la que le convierte en medio, incluso material, para la realización de ese fin. La sangre sacrificial sirve para la redención por ser divina.

Por otra parte el conocimiento –gnosis- de esa concreta esencia de Jesús es el que contiene la clave de la salvación de sus seguidores:

En él tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de los delitos, según la riqueza de su gracia que ha prodigado sobre nosotros en toda sabiduría e inteligencia, dándonos a conocer el Misterio de su voluntad según el benévolo designio que en él se propuso de antemano, para realizarlo en la plenitud de los tiempos: hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra.
A él, por quien entramos en herencia, elegidos de antemano según el previo designio del que realiza todo conforme a la decisión de su voluntad, para ser nosotros alabanza de su gloria, los que ya antes esperábamos en Cristo.

En él también vosotros, tras haber oído la Palabra de la verdad, el Evangelio de vuestra salvación, y creído también en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la Promesa”

(Epístola a los Efesios 1:7-13)

Por eso el Jesús del cristianismo - ἰησοῦ- responde bien a la etimología de la versión hebrea de ese nombre -ישׁוע-. Es, en definitiva, un salvador.

Llegados a este punto ¿resulta casual que el nombre propio del personaje refleje su principal función en relación a la humanidad? Puede ser, el nombre, en su formulación judía, es un nombre hebreo prexistente, ahora bien, su condición teofórica y la alusión concreta de cualidad resaltada dentro de la misma –la salvación, el papel salvador- dan que pensar en otro sentido.

Quede claro que ese sentido solo puede ser formulado como hipótesis indiciaria –refrendada por ciertos indicios externos al cristianismo, cierto, pero, a fin de cuentas… meros indicios-. A ese nivel que “Yeshúa” signifique “el Salvador” nos remite no a la condición de nombre propio sino de título, es decir, nos encontraríamos no ante un nombre sino ante un título aun cuando ello no excluya su aplicación como nombre propio en determinados contextos –en el propio cristiano en ciertas referencias a “Jesucristo” o “Cristo”, en un ejemplo extracristiano sucederá con “César”, que es nombre propio que deviene en título y, desde ahí, en ocasiones se personaliza en cuanto nombre nuevamente-.

Resulta, no obstante, llamativo ver que ocurre si se sustituye el sentido nominativo de “Jesús” por su significado etimológico hebreo y se lee en esa relación la referencia a “Jesús”, no en cuanto persona concreta sino en cuanto función relativa al título o cargo aludido.

Bien, en ese caso, resulta que no tenemos las acciones “biográficas” de una persona sino la actuación de un personaje, no tenemos las sentencias sapienciales de una persona sino una serie de máximas “personificadas”. Las consecuencias de eso tendrían un alcance que iría mucho más allá de lo meramente formal.

Si examinamos esta cuestión a la luz de otro rasgo propio del gnosticismo, como lo es la presentación de cualquier conocimiento con cierto nivel de secretismo y encriptación, resulta también significativa la elección del nombre “Jesús”. Éste correspondería muy bien a la “encriptación” del conocimiento –esencial- del papel de la figura –la salvación-, además nos da junto a la “encriptación” la clave para desentrañarla: la etimología hebrea de un nombre prexistente y escogido no de manera azarosa.

Pese a que esa clave –si es tal- no sea algo extraordinariamente complicado queda sujeta a una primera y obvia capa de “ocultamiento”, el hecho de que se trate de un nombre real, ahora, su significado metalingüístico –que es un nombre que no se refiera a un nombre de persona sino a una función- quedaría reservado para aquellos que tuviesen el grado de iniciación suficiente.

Si atendemos a otra evolución conocida de cierta titulatura a partir del nombre de “Jesús” vemos que esa pauta –supuesta- continua presentándose perfectamente.

El encriptamiento –éste sí público y conocido- de Ἰησοῦς Χριστός, Θεοῦ Υἱός, Σωτήρ, esto es “Jesús Cristo Hijo de Dios Salvador” en la palabra “pez” - ἸΧΘΥΣ- es en principio un acrónimo de ocultamiento, no en base a ocultar un conocimiento por hermetismo sino, a priori, por algo mucho más pragmático y vital: evitar que perseguidores romanos identificasen a grupos cristianos como tales. Eso, al tiempo, que esos grupos podían mediante ese ardid exaltar y honrar a su deidad, así como indicar su presencia.

Esa es una función perfectamente lógica y aceptable del porqué de la formulación de ese acrónimo, sin embargo, el mantenimiento de ese planteamiento no anula –o niega- la posible existencia de otros junto al mismo.

Si observamos los componentes de la secuencia se aprecia que la totalidad de los mismos son títulos, todos menos el primero… en apariencia. Esto es así si entendemos que Ἰησοῦς es meramente y tal cual un nombre propio, ahora bien, si se desarrolla hasta el contenido etimológico del nombre hebreo del que se deriva la forma griega “Iesous”, lo que tendríamos no es “Jesús Cristo Hijo de Dios Salvador” sino “El Salvador Cristo Hijo de Dios Salvador”, es decir, una sucesión de títulos cuyo inicio y final –recordando al eterno retorno y no a lo lineal- seria el mismo ¿es esto infactible? No, pero tampoco es algo que se pueda considerar otra cosa que una particular y posible interpretación, que cuadra eso sí, con ciertas declaraciones como “Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios, «Aquel que es, que era y que va a venir», el Todopoderoso”, del muy “gnostizante” libro del “Apocalipsis”, en concreto el Apocalipsis 1:8:

ἐγώ εἰμι τὸ ἄλφα καὶ τὸ ὦ, λέγει κύριος ὁ θεός, ὁ ὢν καὶ ὁ ἦν καὶ ὁ ἐρχόμενος, ὁ παντοκράτωρ”

En esa interpretación del acrónimo éste se abriría con “Salvador” y se cerraría con “Salvador”. La seriación no correspondería entonces a un nombre de persona seguido de una titulatura sino a una titulatura impersonal, presentada en forma cíclica y que en su totalidad remite a características.

Por otra parte el acrónimo ἸΧΘΥΣ leído como palabra y no como acrónimo puede traducirse también como el signo zodiacal de “Piscis”, eso seria otro nivel de información y otro nivel de lenguaje, acudiríamos aquí otra vez a un metalenguaje.

Dentro de ese nivel de información se anunciaría una nueva era, la de Piscis, que sustituiría a la del ciclo precedente, el de Aries, que estaría no menos significativamente representado zodiacalmente por el cordero.

Ni uno solo de esos rasgos nos remitiría al judaísmo o a una persona real relacionada –aunque fuese como “hereje” o disidente- con él.

Se dirían más relacionados con ciertas características del gnosticismo o, mejor dicho, de los gnosticismos, definidos a partir de lo fenomenológico más que por el detalle de sus doctrinas o ritos, en ese sentido podemos hacernos eco de las palabras de Serge Hutin “Si bien los gnosticismos son muy diversos, el gnosticismo es una actitud existencial completamente característica, un tipo especial de religiosidad. No es arbitrario formular un concepto general de gnosis, "conocimiento" salvador que se traduce en reacciones humanas determinadas y siempre las mismas” (Serge Hutin, Los gnósticos, colección Que sais-je?) Lo relativo a “reacciones humanas determinadas y siempre las mismas” nos reconduciría de vuelta a las consideraciones arquetípicas.

Señaladas las posibilidades -que son solo eso- fruto de ciertas curiosas coincidencias se puede abundar un poco en otro hecho derivado en esta ocasión de fuentes externas al cristianismo, se trata de la ausencia en las fuentes romanas de los siglos I y II EC de cualquier referencia a alguien llamado “Jesús” en las referencias que hacen en relación al cristianismo. Ninguno de los autores romanos recoge ese nombre, cuando aluden al personaje central del culto cristiano siempre lo es en base a uno de sus títulos, no de su nombre, así aparece “Jesús” mencionado como “Cristo”, palabra que se usa a modo de nombre pero que, significativamente no es nombre alguno. Veamos las referencias.

El testimonio más antiguo que se conserva de fuente romana sobre los cristianos es de Plinio el Joven (62-113 d.C.) quien, por indicación de Trajano, prohibió la formación de "asociaciones religiosas privadas", así dice Plinio"prohibí las asociaciones (hetaerias), conforme a tus órdenes" (Epist. X, 96), considerando sospechosas las reuniones realizadas durante la noche y antes de la salida del Sol, pese a la inocencia aparente de los ritos, ceremonias e himnos que los cristianos dedicaban "a Cristo como a un Dios" (Epist. X, 96). Plinio concluye que según su entender se trata meramente de "una superstición irracional y desmesurada" (Epist. X.96).

Tácito (61-117 d.C.) hace alusión a los rumores que culpaban a Nerón del incendio de Roma en el año 64 EC, dice: "Y así Nerón, para divertir esta voz y descargarse, dió por culpados de él, y comenzó a castigar con exquisitos géneros de tormentos a unos hombres aborrecidos del vulgo por sus excesos, llamados comúmnente cristianos. El autor de este nombre fue Cristo, el cual, imperando Tiberio, había sido ajusticiado por orden de Poncio Pilato, procurador de Judea. Por entonces se reprimió algún tanto aquella perniciosa superstición; pero tornaba otra vez a reverdecer, no solamente en Judea, origen de este mal, sino también en Roma, donde llegan y se celebran todas las cosas atroces y vergonzosas que hay en las demás partes" (Anales 15, 44).

Cayo Suetonio Tranquilo (muerto hacia el 160) en su Vida de Claudio (25,4) dice lo siguiente: "Hizo expulsar de Roma a los judíos, que excitados por un tal Cresto, provocaban turbulencias". Durante cierto tiempo se pensó que esa referencia a "Crestos" era una referencia al término "Cristo", hoy se sabe que no es tal, sino que se trataba de un griego que se había convertido al judaísmo y organizaba disturbios en Roma, lo cual confiere además de lógica a la expresión "a los judíos". En la Vida de Nerón(16,2) este autor cuenta -ahora sí referido a los cristianos- que "Los cristianos, clase de hombres llenos de supersticiones nuevas y peligrosas, fueron entregados al suplicio".

Dión Casio, escribe una historia romana que ocupa ochenta libros, en ella habla de la ejecución del cónsul Flavio Clemente y del destierro de su mujer, a quienes se acusa de "ateísmo", muriendo junto con otros por simpatizar con la fe judía (Epitome 67,14). No obstante el dato en sí es enormemente escueto y textualmente habla de "la fe judía" -no de las "nuevas supersticiones" a las que aluden Plinio, Suetonio o Tácito-, pese a eso algún autor lo relaciona con una persecución contra los cristianos bajo el reinado de Domiciano.

De los anteriores sólo Plinio el Joven y Tácito mencionan expresamente una figura como eje central del cristianismo y lo llaman “Cristo” -ninguna alusión a “Jesús” como nombre-. Lo más explicito es el fragmento de los Anales que corresponde a Tácito, ahí se alude al origen de la figura de Cristo como el de alguien ajusticiado por Pilato en Judea bajo el mandato de Tiberio, pero, incluso esa referencia, se realiza para explicar la procedencia de la voz “cristianos” y no por la biografía del personaje. Lo que sí demuestra la alusión es que en época de Tácito los grupos cristianos -que son los protagonistas de su referencia- manejaban y difundían la historia de su fundador ajusticiado en Judea, por orden de Poncio Pilato, y en época de Tiberio. De los grupos cristianos es de donde Tácito recoge esa información.

En todo caso lo que tenemos a partir de las fuentes romanas -escasas y nada favorables al cristianismo, pero testimoniando su presencia- es ninguna referencia al uso del nombre propio “Jesús”, dos referencias a un título para buscar el origen de la voz “cristianos” y... nada más -en puridad lo citado por Dion Casio es dudoso que se remita al cristianismo, al menos no esta claro-.

¿Qué indica eso? Lo primero y más claro es que en los siglos I y II EC los romanos que hablan del cristianismo y los cristiano desconocían el nombre propio “Jesús”, tienen conciencia -al menos dos de los autores- de que los cristianos se remitían a un fundador al que se referían por “Cristo” y uno de los autores, Tácito, va un poco más allá y recoge escuetamente que ese “Cristo” -sigue sin aparecer “Jesús”- fue un reo ejecutado en Judea gobernando Tiberio en Roma. Chocante -y puede que significativa- la nula referencia a “Iesous” o “Iesus”.

Quede claro que el apuntar la posibilidad de que la voz “Jesús” no correspondiese a un nombre propio sino a un título -lo mismo que lo es “Cristo”- es solo eso, una posibilidad a la que algunos indicios y/o curiosidades podrían apuntar. Como casi todo lo relativo al llamado “Jesús histórico” se queda en barajar opciones del todo interpretables, escasamente demostrables y, a lo sumo, “apuntables”.

Jorge Romero Gil

Bibliografía

Biblia de Jerusalén, edición castellana de 1976

Campbell, Joseph: El héroe de las mil caras

Casio, Dion: Epitome

Josefo, Flavio: La guerra de los judíos

Hutin, Serge: Los gnósticos

Nestle-Aland: Nuevo Testamento en griego, 26/27 edición

Plinio el Joven: Epístolas

Suetonio Tranquilo, Cayo: Vida de los doce césares

Tácito, Cayo Cornelio: Anales


viernes, 10 de febrero de 2012

La "ratzón" o voluntad




Dentro de la cábala es importante el concepto de ratzón que significa “voluntad”. Lo es tanto en el aspecto humano como divino de la misma.

En primer lugar se identifica el tipo de voluntad, pues no es lo mismo el poder hacer algo que la voluntad de hacer algo, ni es lo mismo la voluntad de hacer todo lo que se puede o algo de lo que se puede.

Los tipos de voluntad

Entrando en lo divino y, en ello, en la idea de En Sof (Infinito), cabe decir que se considera que “En Sof” tiene dos tipos de voluntad: la ilimitada y la limitada.

La voluntad ilimitada sería la plena voluntad y capacidad de “En Sof” cosa que, según la cábala, excede a la capacidad de imaginarla y, también, existe una limitación –casi podríamos decir “prohibición”- tácita respecto a indagar en ella.

Si bien al respecto hay dos posturas: la que considera pura y simplemente eso “materia prohibida”, sin más, y la que lo entiende como “materia reservada”. La distinción tiene sus implicaciones porque lo primero significa no profundizar en "En Sof" –taxativamente- y lo segundo significa poder hacerlo… si se tiene capacidad para ello, solo que como es algo profundamente sagrado debe “reservarse” –digamos que no sería algo para ser revelado públicamente-, eso conlleva un cierto riesgo de confusionismo, porque la cábala es esotérica en la medida que es iniciática –como lo es cualquier otro conocimiento, sea académico o no-, pero de lo que no se trata es de un “conocimiento secreto”.

La base de esa renuencia o restricción se encuentra en el "Tanaj" mismo. Así, en el "Zohar" se alude a la misma, por ejemplo, en los siguientes términos: "Rabbí Simón empezó a hablar así: El traidor revela los secretos, pero aquél cuyo corazón es fiel guarda para sí la palabra que le ha sido confiada. (Prov. 11:13). El mundo no subsiste sino por el secreto. Si el secreto es necesario en las cosas profanas, cuanto más lo es en el Misterio de los misterios del más antiguo de los tiempos, que ni tan sólo fue confiado a los ángeles superiores." (“Zohar”, III 127b-128a).

En cualquier caso la indagación sobre la totalidad de "En Sof" no podría llegar más lejos que aquello que su voluntad desee revelar, y eso nos llevaría a la voluntad limitada de "En Sof", pues ésta es la que se manifiesta, se puede indagar y se puede obtener resultados a través de su estudio.

La voluntad limitada es, pues, aquella voluntad que "En Sof" muestra públicamente, digamos que equivale a lo que puede saberse –y Él desea que se sepa- de "En Sof". No implica que "En Sof" no pueda hacer más que lo que muestra –que su voluntad se limite por falta de capacidad- sino que significa que su voluntad se “limita” a mostrar la parte que muestra que -siguiendo a la Cábala, en particular, y al judaísmo, en general- apenas es una parte de sí mismo.

Voluntad y emanaciones

Se encuentran, pues, dos tipos de voluntad divina, la cábala llama a la voluntad ilimitada o simple “En Sof” (Infinito o Luz Infinita) propiamente, mientras que su voluntad limitada serían las emanaciones o sefirot.

Dicho en otras palabras, se considera que Hashem creó un mundo limitado por medio de su voluntad limitada o sefirot. Y ese mundo y esa creación es la que da pistas sobre lo que Hashem desea mostrar o desea que se sepa.

Cuando menos para quién pueda alcanzar tal conocimiento, que, repetimos, no se concibe como “secreto”, estrictamente hablando, pero sí como iniciático y reflexivo, porque se trata de un conocimiento alcanzable intelectualmente, por la vía del intelecto, si en la cábala hay “iluminación” esa “iluminación” lo es intelectual, en ese sentido la cábala reúne condiciones místicas y racionalistas a la vez.

Las sefirot

Las sefirot pueden ser definidas brevemente como segmentos de la expresión de la voluntad limitada de "En Sof". En ese sentido, la creación del mundo sería una manifestación de la voluntad divina de crearlo.

Cada una de las sefirot es un aspecto, a la vez, de la creación y la voluntad divina. Aquí hay que entender por “mundo” la totalidad del universo o universos definibles a partir de la mística cabalística y del judaísmo.

Uno de ellos sería el que podríamos llamar “el nuestro”, que no sería sino la realidad material que nos rodea –incluyendo “nuestro” universo-. Pero debe irse con cuidado en la definición de otros mundos a partir de las sefirot, porque sobre todo se refiere a niveles de cognición, de conocimiento, sería caer en un error entenderlos en términos de literalidad y, también, en términos de representación pura, de alegoría sin más. La manera de acercarse a ellos y a esas sefirot es a partir de una “textualidad” –de la forma- que no excluye sino que incluye lo que simboliza la misma. Eso sí, entendiendo el símbolo como parte del lenguaje, como un tipo de lenguaje, dicho de otro modo: desde la semántica.

Las sefirot son diez y representan los poderes mediante los cuales D_os expresa su voluntad limitada, que es, siguiendo esta mística, ni más ni menos, que el mundo en cuanto lo existente, que es diferenciable de la voluntad entera, esa es la realidad que es... "En Sof"


Jorge Romero Gil


Bibliografía

Bar Lev, Iejiel, El canto del alma, Ediciones Obelisco, Barcelona

El Zohar, Ediciones Obelisco, Barcelona, (en curso de publicación, editados hasta la fecha 12 de 32 volúmenes previstos)
 
El Zohar o El libro del esplendor, selección y edición de Gershom Scholem, Berbera Editores, México

Sepher Yetzirah, edición de Westcot Wynn
 
Tanaj, versión derivada de” Westminister Leningrad Codex”del “the Westminister Hebrew Institute”
 
The Babylonian Talmud, traducción M.L. Rodkinson ,1918